Creo que tengo psoriasis.
Empecé a notar que mi cabeza se había transformado en una cáscara blanquecina y que mis orejas se habían plegado a la vestimenta para no quedar fuera de esta moda otoño-invierno en mi cuerpo. Si no es eso, es un ataque de caspa furibundo que generalmente me aparece cuando transformo en problemas aquellas nimiedades que no tienen la altura para serlos. Que el tránsito es una locura, que la nena no está rindiendo como debe en la escuela, que el tiempo se escabulle como agua entre las manos, que le ofrezco dedicación a cosas que no me ayudan a crecer en detrimento de otras que positivamente lo harían...
¿Y si enfrentara una reposera al hermoso sol que baña este día y me sentara en ella para debatir conmigo mismo sobre el sentido de la vida? Serían unos minutos, clarificaría mi existencia, dispondría de metas acertadas, le daría una patada en el culo a esos molestos pensamientos destructivos. Sí, creo que es lo mejor, hoy lo voy a hacer, esta misma siesta... Mmmmh, mejor mañana, hoy tengo fiaca, tengo que perder segundos valiosísimos que después lamentaré, si lo hago es porque me gusta dilapidarlos, nadie busca el mal para uno mismo. Sí, mañana sin falta saco la sillita. Y si está nublado, bueno, será pasado mañana. O algún día...
Creo que tengo psoriasis.
